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Tuesday, April 01, 2008

Todos los hombres del espionaje

Claudia Farfán, ganadora del Premio Periodismo de Excelencia 2007, por el artículo "Los secretos de espionaje político en democracia"

Todos los aquí presentes estamos un poco más viejos. 15 años más viejos para ser precisos, desde esa noche en que todo Chile no podía creer lo que oía y veía en la televisión: Ese domingo 23 de agosto de 1992, en el programa “A eso de...”, de Megavisión, la candidatura presidencial de Sebastián Piñera era abortada por una misión de espionaje telefónico realizada por militares. Aunque, tal vez, lo que la mayoría recordamos fue esa antigua radio “Kioto” exhibida como el cuerpo del delito.

Por lo menos, eso es lo que yo recuerdo. Por entonces, empezaba a trabajar como periodista y todavía no olvido la cara desencajada de Sebastián Piñera, la incomodidad de Jaime Celedón, y sobre todo, la famosa radio que transmitía un diálogo con todos los ingredientes que tiene una buena historia periodística: poder y traición.

Pasó el tiempo. Y uno de los mayores escándalos ocurridos al inicio de la transición parecía enterrado, olvidado para siempre.

Hasta que llegó agosto de 2007. Se cumplían 15 años y todos los periodistas sabemos que las fechas redondas son una buena excusa para reflotar noticias, tanto porque no hay nada en la pauta, o como en este caso, porque existía una verdad no contada. En la redacción de Qué Pasa pensaron que era la ocasión para contar el Piñeragate. Qué había detrás de esa forzada confesión del capitán de Ejército Fernando Diez, quien asumió toda la responsabilidad del caso.

Claro, no fue así. Detrás de la radio Kioto se ocultaba una de las maquinarias de espionaje político más sólidas que haya conocido nuestra historia. Detrás de la radio Kioto estaba el poder fáctico del régimen militar.

Y detrás de esta investigación está un aspecto de mi personalidad que puede ser una especie de cruz en la vida personal, pero sin la que –yo creo- es imposible sacar adelante un trabajo periodístico que valga la pena: me refiero a la obsesión. Lo digo porque vaya que fue difícil romper el cerco de silencio de la unidad militar que se encargaba de espiar a la clase política. Todos eran agentes de inteligencia: si algo sabían era ocultar información.

Un ejemplo: pasaron casi dos meses antes de que el primero de una serie de ex militares aceptara reunirse conmigo. “Está bien conversemos”, me respondió por teléfono, ya rendido ante mi insistencia. Todavía recuerdo la frase y la cara de sorpresa de los editores de la revista al enterarse de la buena noticia.

Claro que esto fue el principio de un largo periodo de trabajo; de pequeñas recompensas y de grandes frustraciones. Al parecer, el militar en cuestión había visto la película “Todos los hombres del Presidente”; porque se convirtió en una especie de “Garganta profunda”. Él me daba pistas. Yo debía regresar al café donde nos reuníamos con las claves ya resueltas. “Bien", me decía, y entonces volvía al ruedo a interrogar a otros ex militares. Por cierto, el Alto Mando del Ejército involucrado en la operación no estuvo entre estos colaboradores. Ellos ni siquiera respondieron el teléfono.

No voy a negar que hubo momentos en que tuve el impulso de dejar todo hasta ahí. Entonces, fue importante para este trabajo la paciencia y el entusiasmo del director de la revista, Cristián Bofill, y el respaldo del editor general Enrique Mujica y del ex subeditor, Pelayo Bezanilla.

Así como nunca voy a olvidar la cara de los panelistas del programa “A eso de”, tampoco voy a olvidar el momento en que Andrea Vial me llamó por teléfono para contarme que había ganado el Premio Periodismo de Excelencia que entrega la Universidad Alberto Hurtado. Fue cerca de la una y media de un miércoles; justo el día de cierre de la revista. Como podrán imaginar, ese llamado nos sacó a todos de la rutina. Andrea Vial me dijo: “es un reconocimiento a tu trayectoria”. Entonces –además de toda la emoción– caí en la cuenta que ya son 18 años que trabajo y siento como una periodista. Y digo siento como periodista porque en ese instante descubrí que todo este trabajo de investigación ahora cobraba sentido. Porque pasó de ser un reportaje que quedaba en lo anecdótico a un aporte real para comprender mejor la historia política reciente del país.

Me explico. Al momento de fundamentar el premio, el jurado destacó el hecho que esta investigación resucitó una historia olvidada, para cerrarla con hechos hasta hoy desconocidos. Eso sí, hay un punto en el que quiero detenerme. Tiene que ver con un aspecto que llamó la atención al jurado: el escaso impacto político que provocó el reportaje. Esto en realidad no es tan extraño. La red de espionaje tuvo acceso a muchas conversaciones privadas de las autoridades de gobierno, del parlamento y de la derecha que fueron claves en las negociaciones que condujeron nuestra transición. A nadie le convenía que esto fuera más allá.

Pero esas cintas están en algún lugar de Santiago. Todavía espero que, algún día, los dueños de esa verdad aún no revelada se decidan a entregármelas. Entonces podrán leer la segunda parte de este reportaje. Y si bien dicen que las segundas partes nunca son buenas, en este caso, al menos –por lo que ya me contaron- estoy confiada que lo será.

Finalmente, quiero decirles que este premio no sólo me enorgullece, también confirma que es la investigación periodística lo que da sentido a mi trabajo y el camino que me interesa seguir en el periodismo. Quiero agradecer a quienes han estado conmigo de una u otra manera. A mi familia, amigos, compañeros de trabajo, y por cierto, a las fuentes que están presentes aquí, unas más cerradas que otras. A ellos quiero decirles que me han dicho que la obsesión no tiene remedio, así es que seguiré llamándolos por un buen tiempo más.

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