El medio blog

Un medio dedicado a los medios.

Thursday, October 12, 2006

El tema del día

En los medios, los escritos al menos, hoy varios periodistas se andan peleando The Clinic. “Habla Saieh”, titula la contraportada del último número del quincenario. Pero la gracia de la entrevista no es tanto que el dueño de Copesa (y de varias otras cosas) hable, sino la soltura con que lo hace, cosa bien rara entre los poderosos y empresarios que suelen ser tan escuetos como formales.
Por eso vale la pena leer la nota de tres páginas de Pablo Vergara en la que Saieh cuenta “cómo lo miraron en menos, cómo hizo su fortuna y que está haciendo para ganarle a El Mercurio”, pero también se refiere al cierre del Siete, a los grupos económicos, saqueos y al mismo tiempo que tira varios palos. Lo digo con un poco de envidia porque me encantaría haber hecho esa entrevista.

17 Comments:

Blogger Cabro Gamarra said...

Por favor...
que nos devuelvan t y c sports,
somos un grupo de guatones que nos reunimos despues la pega,a comer como cerdos mirando a los de Boca escupir a los de River.
Auspician:
Licor de oro Pascua-Lama
Sindico de quiebra de La Salud Chilena.
Ley antimonopolio creada por el senador designado 2008 Horst Paulmann.

10:28 PM  
Blogger Milana said...

T y C Sports es una versión de la catfight con argumentos decentes. Qué pena no haber encontrado el Clinic. Debe ser sabroso leer como la clase castellano vasca molestaba a esa rara avis "turca de Talca"

Saludos

10:32 PM  
Blogger Bruno Córdova said...

Tras leer la entrevista, ando con bajón de suspicacia y prefiero consultar esto a gente más "elder", a modo de no hacer conclusiones apresuradas ni sesgadas ni malintencionadas: ¿es Saieh a The Clinic lo que Josefina Correa al inserto Líder en El Mercurio?

Bruno C.

10:37 PM  
Blogger Alejandro said...

Que Saieh se va a comprar The Clinic?
Su editor en La Tercera tiene una opcion bastante definida, que me imagino es la misma del dueño de Corpbanca.
Habrá que leer el ultimo articulo ya que hace rato me estaba aburriendo sobremanera el Clinic.

Saludos.

12:20 AM  
Blogger mrpotatohead said...

Perdón, pero El Mercurio está "claramente" inflando el tema. ¿O acaso creen que es casualidad que hayan enviado a un periodista al Silala y que, oh!, justo disparan al aire?

12:51 PM  
Blogger Angélica Bulnes S. said...

El comentario de mr. Potatohead tiene que ver con el post de abajo sobre el tema del Mercurio sobre el acuerdo de Venezuela-Bolivia y el desmentido que el pegó La tercera. En todo caso, para contestarle: a mí me llamó mucho la atención la portada del Mercurio de hoy. No sé si por un problema real o de redacción en un minuto hasta pensé que el equipo del diario hasta había invadido Bolivia porque dicen que el puesto fronterizo queda a ocho kilómetros de la frontera con Chile y que ellos visitaron en lugar, pero después que todo ocurrió en el hito fronterizo. Pero después en la nota anuncian que los disparos ocurrieron junto al hito fronterizo, por lo que parece que no cruzaron la frontera. Igual me quedó dando vueltas es que no sé si es esa nota cuenta una noticia o más bien el diario fue a provocar un conflicto para tener una noticia.

6:16 PM  
Blogger Miguel Paz said...

Coneja, qué pocos comentarios sobre el tema. ¿Curioso no?

10:44 AM  
Blogger Maza said...

Hay algo que me saca un poco de ronchas en este blog. ¿Como es eso de que Saieh es a The Clinic como Josefina Correa es a El Mercurio? Me parece francamente ofensivo hacia el periodista que hizo la nota (disclaimer: lo conozco, he estado en su casa, me cae bien, y no tengo problemas en hacerle críticas algo que haya escrito). Pero esto no se trata de "defender un amigo" como me imagino que algunos comentaristas de este blog ya deben estar pensando. Se trata de ser claro: es ofensivo comparar un aviso pagado a una entrevista. Sobre todo cuando es una entrevista que hasta la revista Capital debe ver con envidia. Saieh no habla, y si decide hablar con The Clinic (y promete no volver a hablar con nadie de lo mismo) es para mí la definición de golpe periodístico. Es para enmarcarlo. Yo soy el primero en defender la suspicacia y la mirada crítica de la sociedad como parte de la dieta diaria de cualquier ciudadano. Quizás podríamos discutir si acaso Vergara se le quedó alguna pregunta en el tintero (yo le habría hecho un par más, sobre todo sobre la situación actual del periodismo, de los periodistas en su propio diario, sobre todo esa frase "nosotros no somos tan valientes", que daba para harto), pero ese constante mirar debajo del agua, esa ironía malentendida, disparar a todo lo que se mueve, esa manera de despreciar los méritos del otro, con el silencio o la mala leche cortada, me hace reflexionar que, entonces, quizás, de verdad tenemos el periodismo que en el fondo nos merecemos. Bien por Vergara, y excelente por The Clinic. Esta entrevista, más los comentarios de Paulsen en su programa de radio el viernes pasado ("Me carga Zegers", "jamás trabajaría con él") hicieron de la semana pasada -para mi gusto- uno de los momentos altos del debate sobre medios de este año.

9:03 PM  
Blogger Bruno Córdova said...

El palo por las suspicacias iba para mí. La entrevista a Saieh me pareció demasiado buena para ser verdad en un entorno con reputación de clientelista. En otras palabras, me dejó pensando diferente.

Bruno C.

11:16 PM  
Blogger Clemente Troncoso Dörr said...

Una nueva nota destacable del The Clinic, que junto a la creatividad de sus redactores (El Premio Christopher Reeves para Antonio Vodanovic) justifica pagar los $ 800.

Lo claro es que más de una semana para hacer una nota se justifica para una crónica como la de Saieh, a diferencia de Enfoques...

Respecto a la nota de Saieh, me pareció que faltaron bastantes preguntas: con quiénes se juntó para comprar La Tercera, cuánto pagó, quién financió...

Si hay alguien que sepa estas respuestas, espero sus comentarios.

4:23 PM  
Blogger eduardo said...

Pienso que el empresario estaba bien preparado y contestó bien. Me llamó la atención el gol que le metió a El Mercurio cuando aludió a los avisos que el decano colocó hace unas semanas destacando que todavía venden mucho más en los días de semana en los segmentos medioaltos. Creo que la forma en que Saieh "leyó" esos datos dejó marcando ocupado al área de marketing de El Mercurio. Cuando vi esos avisos me quedé con la idea de que al decano parece que lo defiende su enemigo (seguramente no usaron a ninguna agencia), la pelota estaba dando bote y Saieh aprovechó...

6:35 PM  
Blogger Bruno Córdova said...

Me sorprendió la capacidad de Álvaro Saieh de dar goles de hoyito en la entrevista de marras.

Bruno C.

11:01 PM  
Blogger Rodrigo said...

Lo que a mi me sorprende es que los comentaristas no hayan generado al menos media docena de teorías conspirativas de por qué Saieh decide concederle la entrevista al Clinic. La regla dice que un tipo poderoso como él no da entrevistas porque sí, sino porque tiene un objetivo y un mensaje que comunicar.
Una pregunta: ¿Es cierto que C. Zegers llevó el Clinic a una pauta de EM? ¿Qué dijo?
Un dato: Paulsen, como se sabe, dio una dura batalla contra Zegers cuando quiso derrotar a La Segunda con La Hora, pero perdió como 12-0 y la contienda fue más ruda que la batalla de Falluyah. Por lo tanto, le faltó el disclaimer.

8:57 PM  
Blogger Maza said...

Disculpen lo pesado, pero no puedo callarme. No deja de sorprenderme lo popular que es la paranoia respecto a qué ocurre o deja de ocurrir detrás de los jardines de Santa María 5542. El tejido de especulaciones acerca de El Mercurio es hoy nuevamente popular gracias al carismático (y es verdad, algo malvado... yo creo que él mismo lo sabe) Cristian Zegers. Creo que este deporte, la especulación respecto a la maldad secreta e infinita de El Mercurio, no era tan popular desde los tiempos de dictadura. O de la UP. Siento que en algunos produce cierto placer morboso imaginar por un momento qué está haciendo Agustín Edwards en este minuto. Es pasatiempo de comentaristas buzos (que todo el tiempo pueden ver bajo el agua e iluminarnos con sus especulaciones infinitas) jugar estos juegos.

Bueno, si les sirve de algo, yo les puedo contar algo. Trabajé ocho años en El Mercurio, como colaborador, coordinador periodístico, periodista y editor de dos revistas en esa especie de Estrella de la Muerte impenetrable que tanta fascinación produce que es "El Mercurio". Es verdad: eran secciones que alguien podría llamar "alejadas del verdadero poder fáctico", menores, infantiles, en la órbita más exterior del corazón de Mordor. Pero estaba ahí, y después de ocho años puedo decir que conocía gente de todas las secciones, de todos los cargos, de todas las latitudes del diario. Y les digo una cosa más: siempre me dio risa desde dentro este deporte especulativo. Porque -desde dentro- El Mercurio me parecía mucho más torpe, lenteja y cobardón que la leyenda que se construía desde afuera.

Llegué por primera vez ahí a los 17 años, y la primera sensación que me produjo cuando entré fue similar a la que me producía cuando entraba a una sucursal del Banco del Estado: era una institución pesada, burocrática, elefantiásica, inmanejable. Una especie de Conservador de Ideas Raices, una Contraloría de la Realidad. Tenía entonces para mí una gracia: pagaba a tiempo. Me molestaba, como colaborador, que me descontaran los impuestos de las boletas que hacía, pero más allá de eso, era un lugar perfectamente inofensivo, casi un refugio para abuelitas.

Con el pasar del tiempo, cuando empecé a tener más responsabilidades editoriales, descubrí que ese caballero que era el director y propietario era como el Mago de Oz: distante, excéntrico, ajeno a los asuntos del día a día. Un hombre de trato amable, muy bien educado, un anciano mañoso que en cualquier otra circunstancia a alguien podría hasta darle pena en su desconexión con la realidad. Se tejían anécdotas en torno a su figura, y todas lo dejaban como demente: que cortaba las corbatas con una tijera de los subgerentes que iban terneados a la fiesta de fin de año, porque la invitación decía que había que ir con tenida informal; que hacía llamar a gerentes de informática a su casa en Miami para que le revisaran qué pasaba con el Nintendo de su nieto que no prendía. El mayor temor de un editor era recibir una llamada suya, casi siempre para pedir espacio editorial para alguna de sus dos obsesiones: enchufar en algún lado temas de rodeo, y al feo Don Graf y sus campañas de Seguridad Ciudadana. Por esas llamadas le decían Don Asustín. O cosas peores. Pero ya me entienden: era The real Mr Burns.

El director responsable, en tanto, Juan Pablo Illanes, lo conocí un poco más y me caía bien por sus secretas aficiones que al parecer, le colmaban el tiempo cuando estaba en su oficina: la música clásica, las motos Harley Davison y la poesía chilena contemporánea (corría el rumor que había sido mecenas de Nicanor Parra en alguna época, algo que no me consta, pero que me volvió a hacer ring cuando lo vi en la inauguración de la expo de Parra en el Centro Cultural del Palacio La Moneda).

En el segundo piso del diario, Crónica no era, digamos, la redacción azarosa que había imaginado luego de ver "Todos los hombres del presidente". Más bien era el paraíso de los funcionarios de carrera, bien pagados y alimentados, que recibían muy valorables bonos cada cierto tiempo (nunca de productividad, siempre de secretaría: de feriados, repartición de utilidades, por tener hijos, etc). No quiero ser injusto: también en Crónica había, hay, grande periodistas. Reporteras y reporteros de lujo, con cierto orgullo y sentimiento del deber respecto a su trabajo por cierta idea -algo amplificada, debo decir- de que aquello que reportearan debía estar bien reporteado porque sería el material de los libros de historia del futuro.

Más raro todavía: aunque había harto viejo en cargos que nadie podía describir, la mayoría de los editores -los que hacían la pega diaria- eran menores de 45 años, con muchos años en el diario, y todos tenían quejas constantes sobre el funcionamiento del diario y si uno conversaba con ellos, tenían legítimas teorías de cómo hacerlo mejor. Tenían ganas de hacer mejor su trabajo. Amaban el periodismo, y sentían que tanto halo burocrático les amarraba las manos. Nunca les escuché hablar de censura respecto a un tema: más bien, sabían que no era buena idea hacer una nota sobre el jefe y su familia. Pero no mucho más. De hecho, hasta se evitaba hablar de Ricardo Claro en el diario no porque fuera amigo del dueño, sino que por lo contrario: era demasiado enemigo. Claro ya había alegado una vez por una nota de El Sábado que lo ponía como el hombre más temido de Chile, y había hinchado tanto, que no se publicó nada más sobre él, sobre todo, para evitarse la lata de que volviera a hinchar.

El resto, los periodistas eran más buenos que malos, más esforzados que flojos, y tan buena y mala leche como los que trabajan en cualquier otro medio, descubriría después.

La vida diaria no era muy distinta a la de un colegio de tradición: cuando echaban a alguien, un frío recorría el espinazo de todos los empleados, y los rumores volaban por los pasillos de la empresa sobre qué cagada tan grande se tuvo que mandar ese como para que lo echaran. Porque era raro que te echaran. Tu silencio y bajo perfil era premiado; los despedidos se iban cabizbajos, dolidos por una metida de pata inmanejable que no supieron controlar a tiempo. No recuerdo, en mis ocho años, que hayan echado a alguien por una opinión política, por sugerir un tema espinudo, ni siquiera por las presiones de un avisador. Al revés: en El Mercurio en que yo estuve era un orgullo la capacidad de mantener a raya las presiones del área comercial. El barco andaba lento, pero era inimaginable que se hundiera, así que se podían dar esos gustos. A los que echaban, uno se enteraba después, los echaban por llevarse mal con un nuevo jefe, por informar mal un viático, por usar el nombre de El Mercurio en beneficio propio.

Entre los periodistas, había un par que era de derecha, pero nunca conocí a alguno que comulgara con la UDI. Tampoco había mayoría de pechoños, Opus Dei, seguidores de Ratzinger ni nada parecido. Cuando llegaban, curiosamente, duraban poco.

Cuando fui editor, un par de veces tuve que ir a reuniones con Edwards e Illanes, con el nucleo duro editorial, y nunca sentí que estuviera en una reunion de camaraderías secretas. Se notaba eso sí un aire más conservador en ciertas opiniones valóricas, pero no ultra conservador, no mayor al aire conservador que se respira en cualquier lugar de Chile, país conservador.

El Clinic estaba a mano de cualquiera que quisiera consultarlo en la oficina de Documentación, así como todas las revistas de oposición de la época de dictadura estaban cuidadosamente empastadas y cuidadas en las bodegas de esas oficinas.

Recuerdo incluso haber visto un Clinic en una de esas reuniones editoriales, con todos los viejos comentando una nota de tapa sobre la hermana "díscola" del dueño. Todas la encontraron buena, que decía verdades y exageraba otras cosas. Luego, todos se reían a carcajadas con los chistes. Nadie sentía ni por un segundo que el Clinic fuera un "enemigo". Al revés, les gustaba.

Sí puedo decir con certeza que el diario era una extensión de su dueño: era un fundo. Funcionaba como fundo. Pero uno que funciona. Los pasillos estaban llenos de carteles del área de bienestar, de los beneficios recientemente logrados por el sindicato, de anuncios de becas y anotaciones del comité paritario, cosas así. Los trabajadores del área imprenta eran relajados: siempre los veía bromeando, y reírse, más que a los periodistas. No había un ambiente presivo. Es verdad, los periodistas mascullaban ciertas restricciones editoriales (siempre estúpidas, como que no se pudo ocupar la palabra "dictadura" ni "golpe militar" hasta bien entrado 1995) pero nunca los vi amenazando con renunciar. A los más se aburrían. Mucho.

La única ira en este calmo mar que era El Mercurio se podía leer escrita en los baños. La mayoría malas ondas personales hacía jefes que consideraban imbéciles, minas calientes acusetes, chupamedias.

Había harto chupamedias en El Mercurio. Eso es verdad. En especial en las areas administrativas, no me consta que en las periodísticas.

Pero el diario en sí era chupamedias. Descubrí, con los años, que siempre fue el diario del gobierno de turno. No se metía en problemas: le gustaba mantener ese aire republicano anticuado, con sus visitas protocolares de embajadores y parlamentarios, y aunque los gobiernos fueran de Concertación, nunca fue frontal ni directo contra Aylwin, ni Frei, ni la primera mitad del gobierno de Lagos. Lagos amaba El Mercurio, y odiaba el hecho de que El Mercurio no lo amara a él, como había amado a todos los presidentes del siglo XX (excepto Allende, claro). Que El Mercurio no lo amara hería su ego, lo empequeñecía.

No tengo idea de cómo andará El Mercurio ahora. Es verdad que desde lejos se ve cerrado, hermético, misterioso. Pero no más que cualquier otra empresa. No tengo idea de cómo es Zegers, más allá de los comentarios que todos hacen de él como si lo conocieran del colegio. Pero me acuerdo de las especulaciones que escuchaba de amigos cuando trabajaba ahí, y me da risa observar que esas especulaciones no se acabarán nunca. Es verdad que es un diario con poder, y logró echar a Cortazar de TVN en su momento con sus mañoserías. Cuando alguien tiene poder, lo ocupa. Media novedad. Pero así como muchos defendemos la mirada suspicaz de la realidad como una virtud de la democracia, también me parece sano ser suspicaces respecto a nuestra propia suspicacia. La realidad es más torpe y mediocre de lo que imaginamos. Cuando la realidad es simple es solo porque la miramos de lejos.

Ahora que Edwards casi ni existe, con Saieh están haciendo lo mismo. Y es verdad: como decían en "Un tiro en la noche" de John Ford, when the legend becomes fact, print the legend. Me parece que hay una razón muy conservadora para eso: la leyenda nos hace dormir más tranquilos.

11:33 PM  
Blogger Cabro Gamarra said...

Maza:
Yo también trabajé en una empresa del tipo elefantiásica,
de hecho fué el primer trabajo remunerado que tuve,me pagaban
liquidos $220.000 mas recoretes que más adelante detallaré en
que consistían;corría el verano de 1994 y cuando todos mis ami-
gos apuntaban sus mochilas hacia Pucón,yo tuve una epífania
en plena carretera,y me dije a mi mismo:
-Este verano irás a Lican-ray(localidad igual de lacustre
pero bastante más desconocida).
Lican-ray está enclavado entre sendos cerros bordeando el lago
Calafquen,sus calles eran todas de tierra en esa época,menos la
principal,y es en esta donde obtuve mi primer trabajo,justo en la
mitad de la calle y medio a medio de ningún lado,estaba la botillería
Don Lucho,me fuí a comprar una suculenta pilsener Cristal,que por
estos días se llama cerveza,y ahí estaba pegado con dos tiras desgastadas
de scotch el aviso que sellaría el destino de mi verano 94.
-Se necesita guardia de seguridad-
Es cierto que como aún no me había bajado la chela,no contaba con el
coraje que necesita un buen chileno para preguntar por la vacante,así
que cruce a la plaza de enfrente,tipo once am me desayuné el licor suavede cebada,volvi chispón hasta la caja y le pregunte a la boletera.
-lola¿que pasa con la pega de guardia?.
-Es,güena,pero no es ná aqui.Es en la disco de mi papi,se iba a llamarse
For You,pero mi tío pepe le puso For you,a una picada que montó,en Pucón
así que fregamos con el nombre.
Y ahí con toda la ocurrencia que me empresto la chela,le digo a la Lucha
-Y porque no le ponís For Me y me day la pega de e guardia a Mé.
Ahi Luchi se encendió toda,como lo haría varias veces más durante ese
verano y grito con todo el aire que gozaba en sus pulmones,PAPII ya tenimos
guardia pa la disco,...y nombre tamién.
Continuará...

8:08 PM  
Blogger Angélica Bulnes S. said...

Maza, la próxima vez que quieras escribir algo así de largo me avisas y lo publicamos como una columna en el blog. Así es más fácil de leer.
Otra cosa. Con todo lo que dijiste para ser justos hay algo que se te olvidó: puede que El Mercurio sea o haya sido una empresa burocrática y lenta como dices tú, pero en general es un empresa que trata bien a sus empleados, mejor que muchos otros medios.

8:44 PM  
Blogger VicenteEme said...

Claro. Sin ser el paraíso, El Mercurio trata mucho mejor a sus trrabajadores que Copesa, donde -me consta- si te pueden cagar con 50 lucas en un finiquito de 5 millones, te van a cagar sólo por el placer de ser miserables. Eso, por poner un ejemplo menor, casi sin importancia, para no hablar de la cohinada de casino que tienen o de lo insignificante que te hacen sentir como periodista, sujeto de bajo estrato en la escala social de Copesa, cuando te atreves a visitar el "edificio nuevo" por ejemplo. Por cierto, eso es algo que Pablo Vergara no trata ni siquiera de refilón en su entrevista al dueño de La Tercera. Una linda entrevista de reelaciones públicas a un empresario que tiene un juguete editorial para jugar a tener poder. Bien por el Clinic y bien por Vergara. Pero no nos engañemos, el golpe lo dio Saieh. El fue el que consiguió lo que quería (limpiar su imagen). Pablo fue sólo un instrumento.

2:09 PM  

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