Andrea Palet le responde al escritor Tito Matamala:

Los escritores rechazados creen que los editores les tienen mala (o sea somos pesados) o no vislumbran su genialidad (o sea somos tontos). Sigan no más.
Por Andrea Palet
Me viene pareciendo ya hace un rato que la regla o cualidad número uno del editor literario es, o debería ser, la capacidad de quedarse inmensamente callado. Responsabilidad, tacto, un gran oído, cara dura y un punto de vista personal me parecen indispensables también, pero, precisamente porque cuesta mucho, saber quedarse callado tiene un punto de decencia o nobleza añadido, si es que le atribuimos nobleza a la dificultad.
No siempre, pero sí muchas veces, es el editor el que inventa un libro, o bien quien lo defiende contra viento y marea (costos y eventuales malas ventas, digamos), o el curador que le confiere sentido y resonancia a una obra originalmente irregular, solo a medias talentosa, un hato de párrafos fulgurantes sobre una estructura feble, una buena idea mal desarrollada. Un editor serio, me parece a mí, mantiene un compromiso con el público y con la obra casi más que con el autor, y así, deberá reverenciarlo poco y enfrentársele mucho para extraer lo mejor de su mente creadora. Luego el reconocimiento no suele reflejar esa pasión y esa tensión compartidas, pero aquí, nuevamente, el editor debe ejercer una contención victoriana y cerrar el pico. Todo el crédito se lo lleva el autor, y está muy bien que así sea. Él es quien escribe y quien estampa su nombre en la portada, y en ese proceso desnuda su mente y arriesga su tranquilidad y su intimidad, decisión que merece el mayor de los respetos.
Pero hay equívocos que sería bueno aclarar, me viene pareciendo también hace un rato, cuando alcanzan el dudoso estatus de verdad concedida, aquella que se asienta porque una de las partes, en vez de polemizar o simplemente exponer sus argumentos, escoge quedarse callada. Esta vez voy a hablar entonces: pero un poco, no mucho.

A propósito de la aparición en España de una novela del periodista de Concepción Carlos Basso, el escritor también penquista Tito Matamala dispara en el suplemento cultural de La Tercera, contra la «desidia y las pequeñeces de las editoriales chilenas», que llevaron a Basso a intentar con éxito la publicación en ultramar: «las dilaciones... lo convencieron de que aquí no pasa nada, que es una tierra yerma para la literatura», dice su valedor. Leí hace un tiempo la novela aludida, pero lo que digo aquí no tiene que ver tanto con ella como con una situación cotidiana, nada graciosa, muy poco chimuchinesca, del mundo editorial: la del proceloso terreno de lo «no tan bueno».
Es viejo y sabido que grandes obras literarias y grandes éxitos comerciales pasaron por rechazos de editores inadvertidos, porfiados o esclavizados. Mañas (originales enteros en cursiva, por ejemplo), exceso de trabajo, una regla inveterada, pueden terminar con tu manuscrito en el basurero. Se ha escrito bastante sobre ello porque, claro, es algo que les ocurre a los escritores, y para esta curiosa subespecie humana no hay nada más importante que ella misma.
Pero, bueno. Al decidir sobre una publicación mi único norte es la obra. (Por eso nunca entendí que ciertos autores me pidieran reuniones para explicarme su novela, sus relatos, su «proyecto». Si el libro no se defiende solo, no puede ser bueno. Luego vi que esta renuencia era considerada ofensiva, una rotería de mi parte.) Al final uno solo tiene su criterio para guiarse, y puede equivocarse tantas veces como cuentas tiene un rosario. Pero eso no es ser desidiosa ni pequeña (flaca sí me gustaría). Cuando he leído un original muy bueno, me ha importado un fleco que el autor sea un marciano o el ser más inédito del mundo. La calidad se impone a la larga (bien a la larga, sí). Creo que en Chile, aun con nuestro mercado miserable, la tontera atmosférica y las imposiciones de las trasnacionales, lo realmente bueno siempre se publica. (Porque no hay mucho.) En Alfaguara, en Lom, en el Fondo de Cultura Económica. En Tajamar, en B, en Tácitas. Y no solo narrativa y ensayo: los poetas pasarán frío y tragarán hiel, pero están todos publicados.
El problema es con esa pluma solo a medias talentosa, ese hato de párrafos fulgurantes en una estructura feble, esa buena idea mal desarrollada. ¿Qué hacer? A veces se espera una coyuntura favorable –una colección nueva, una orden del Más Allá, un excedente presupuestario (o un milagro, es casi lo mismo)– para darle una oportunidad, aunque ahora pienso que casi nunca vale la pena y que debería elevar aun más mis estándares. Total, igual no me lo iban a agradecer. Pero esa indecisión de que hablaba lleva a la dilación, que es penosa para los autores, muy cierto; pero no es desidia ni pequeñez, como sí lo son tantas gracias de los escritores que la regla número uno me impide contar aquí.
Sé, porque lo he visto, y porque cualquier texto de sicología lo aclara, lo difícil que es que un editor te diga que tu obra es mala, o no tan buena. No importa que me pidas mi opinión sincera: no quieres oírla, y tu propia opinión sobre mí cambiará enseguida si la respuesta es, como me pediste, demasiado sincera. Dice Martin Amis en La guerra contra el cliché, sobre su época como crítico literario terrorista: «Se le pierde el gusto al caer en la cuenta de lo amargo que les resulta el trago a los insultados, lo injusto que te consideran, y el rencor que te guardan». No es lo mismo pero es igual. Muchas veces esta idea o sentimiento es lo que ronda y termina en dilación: la novela no es buena, ¿pero quién soy yo para decírselo con todas sus letras a alguien que cree firmemente lo contrario? No es fácil, no es una tarea que uno cumpla feliz de la vida precisamente.
Dice Matamala que las editoriales chilenas están «más preocupadas de sobrevivir que de cultivar la literatura». No es cierto pero sí es cierto: antes de cultivar cualquier cosa no estaría mal sobrevivir. Y ahora viene la pataleta. ¿Por qué cuesta tanto dar una oportunidad a aquellas obras «no tan buenas», e incluso a las buenas, siempre según el falible pero honesto y a menudo solitario criterio del editor? Porque el público chileno no las quiere. El lector chileno es esnob hasta la pared de enfrente, y prefiere al húngaro suicidado o al japonés de moda antes que a un escritor que viva en, no sé, Los Leones con Bilbao. Y aquí me refiero a todos, familiares de los escritores y lectores de este blog incluidos, que posiblemente están más al tanto de las novedades de Anagrama o Acantilado que de los nuevos escritores chilenos.
Esto está quedando muy largo, así que lo dejo hasta aquí.